Reloj biológico

¿Dónde está nuestro reloj?

Pequeñísimo en tamaño, de aproximadamente 0,8 milímetros cúbicos y muy escondido en la región del hipotálamo, en la base del cerebro, el núcleo supraquiasmático tiene la cualidad de sincronizarse instantáneamente gracias al preciso mecanismo de las 15,16 ó 20 mil neuronas que lo componen. Por eso, cuando este reloj neuronal se desacopla, las personas recorren involuntariamente su ciclo de sueño.

Se cree, además, que cada célula es un pequeño reloj biológico, que tiene su propio ritmo y se adapta de forma precisa al de otras células con las que comparte ciertas funciones, como los principales fenómenos de la vigilia y el sueño, la reacción ante luz y oscuridad y la menstruación femenina, entre otros.

Ritmos biológicos llamados circadianos que en el hombre muestran una conducta anticipatoria, la temperatura corporal y el ritmo de hormonas plasmáticas como el cortisol se modifican horas antes del despertar, nuestro sistema digestivo se pone en marcha tiempo antes de la hora habitual de la comida, nuestro sistema cardiovascular se prepara de antemano para un cambio obvio cada noche, la modificación postural.

Lo que la evolución ha seleccionado es un sistema circadiano confiable pero a la vez flexible como para ser resincronizado ante una nueva situación experimental.

Si bien en el año 1971 se descubrió la presencia de los núcleos supraquiasmáticos, recién en los últimos años la comunidad científica le ha consagrado al tema mucha dedicación, pues el entendimiento de la CRONOBIOLOGÍA es de vital importancia en el adecuado manejo de múltiples enfermedades y el correcto uso de los medicamentos.

Los estudios realizados ya han superado el ámbito teórico y han pasado a tener aplicaciones en la práctica clínica; una de ellas se encuentra en la medicina del trabajo pues se estima que más de 60 millones de trabajadores en el mundo están sometidos a turnos rotativos que desembocan en el trabajo nocturno y por lo tanto en la alteración del sueño. Otro ejemplo lo tenemos en la depresión estacional que aparece al comenzar el otoño o el invierno y cuyos síntomas son:

-Falta de energía.

-Disminución del interés por el trabajo u otras actividades importantes.

-Aumento del apatito con aumento de peso.

-Deseo de consumir carbohidratos.

-Aumento del sueño, somnolencia diurna excesiva.

-Aislamiento social.

-Disminución de la actividad durante horas de la tarde acompañadas de disminución de la energía y la concentración.

-Movimientos lentos y perezosos.

Esto es una pequeña muestra del enorme potencial que puede ofrecer la cronoterapia y la cronofarmacología.

Es de esperar que la realidad de los pacientes se atienda desde tres entidades simultáneas: lo propiamente médico, lo psicoafectivo y lo cronobiológico.