Trastornos Alimentarios

Anorexia, bulimia, comer compulsivo, dieta crónica... Diferentes nombres para describir una misma problemática, en la que el componente emocional constituye el fundamento de la alteración de la conducta alimentaria.

Todo Trastorno Alimentario, independientemente de su sintomatología y de su gravedad, consiste en un desorden básicamente emocional. En la base de las alteraciones de la conducta alimentaria subyace siempre una problemática afectiva que la persona no puede enfrentar y resolver.

Frente a un estado de estrés emocional, todas las personas manifiestan algún cambio en sus hábitos alimentarios. Este hecho evidencia la relación existente entre el acto de comer y las emociones. En quienes padecen un Trastorno Alimentario, dichos cambios se transforman en alteraciones permanentes.

En estas personas, el impulso a comer, o su contrario, la tendencia a la restricción, constituye un modo de respuesta rígida, inevitable y casi exclusiva para calmar estados emocionales displacenteros. Preocuparse por el control del alimento y el peso, les permite deslocalizar su atención de la problemática personal que les genera angustia y dolor.

Los tratamientos clásicos centran su estrategia de cambio en el control de la conducta alimentaria, estableciendo planes de alimentación y pautas de comportamiento que el paciente debe cumplir para recuperar o perder peso y para disminuir atracones y vómitos.

Esta actitud presupone equivocadamente que el paciente puede ejercer un control consciente de su conducta en relación con la comida, ignorando que en esa imposibilidad de control radica, precisamente, la dificultad que motivó su consulta.

Los reiterados fracasos en el intento de cumplir con el control prescripto, aumentan en el paciente una sensación de ineficacia personal, que agrava la sintomatología e incrementa el desconocimiento acerca de las propias emociones y problemáticas afectivas que originaron el Trastorno Alimentario.

El programa A no exige al paciente el control de sus síntomas, sino que le propone examinar el modo en que éstos surgen con el fin de facilitar el reconocimiento y la comprensión de su significado. El objetivo se logra a través de un proceso de autoobservación  que atraviesa diferentes etapas:

-Diferenciar la sensación física de hambre de la necesidad emocional de comer.
-Comprender la relación entre compulsión/ restricción alimentaria y estrés emocional.
-Identificar las situaciones a las que se responde con alteraciones de la ingesta.
-Aumentar la conciencia de la problemática personal.

Progresivamente, la atención del paciente se focaliza en las situaciones, emociones y aspectos afectivos que originaron el Trastorno Alimentario y se retira del problema de la comida y el cuerpo. De este modo, se consigue un cambio personal consistente y estable.

Cómo detectar tempranamente un Trastorno de Alimentación

Cuando aparecen síntomas obvios de un Trastorno Alimentario (pérdida importante de peso, atracones, vómitos, uso de laxantes, deterioro físico, etc.), el desorden ya está instalado. Reconocer signos menos evidentes que permitan ver el problema cuando se está gestando, facilitará in diagnóstico precoz y una rápida recuperación.

  • Si tu vida gira en torno a lo que comés o a lo que deseás comer, pero no te permitís;
  • Si tu estado de ánimo depende de cómo te ves;
  • Si las dietas son algo “obligado” para vos;
  • Si tu valor depende de cuánto pesás o cuánto comés;
  • Si te estás aislando;

Es probable que esté comenzando un Trastorno Alimentarlo. Pedí ayuda a tiempo.

Si creés que alguien de tu entorno padece un Trastorno Alimentario:

  • No insistas para que coma o deje de hacerlo.
  • No opines acerca de su peso o de su imagen.
  • No le digas: “depende de tu voluntad”.

De este modo, evitarás el ocultamiento, la mentira y el alejamiento de su parte. Informate, evaluá la situación con un profesional y luego de asesorarte, ofrecele tu apoyo para resolver el problema.