El individuo y la ley

La ley es el resultado de una tentativa de salida del caos, de la anarquía, de la barbarie.
Aparece como un instrumento contra lo arbitrario.  Lo arbitrario se lo puede considerar como un hecho sin límites y sin ningún tipo de reflexión.

La ley introduce una noción de igualdad y de protección, entre los unos y los otros.
En el mundo judeo-cristiano aparece la relación entre Dios y Moisés “Las Tablas de la Ley”, que hacen el contacto entre lo divino y lo humano, y cómo el hombre a través de esta relación encuentra el medio para, a través de esta trascendencia encontrar su propia supremacía sobre el desorden, esto es la idea que nos lleva, un poco a la organización de la ley o al nacimiento de la ley.
 
La ley debía además ser transmitida de generación en generación dándole así el carácter de permanente. 
Los efectos que produce sobre la organización social hacen al proceso de socialización.
La ley se transforma así, en un instrumento de modelización y de normatividad, una protección contra lo arbitrario, contra lo inédito, contra lo incontrolable.  La ley protege de los desórdenes de uno, en la familia, de padres y de hijos, estableciendo parámetros esenciales de crecimiento y de estructuración de la propia persona, su propio ser individuo.
La ley conlleva un principio de autoridad pero ¿dónde se modela y produce el proceso de interiorización de la relación con la autoridad?
 
Podemos afirmar o proponer que es en la unidad social que es la familia, allí se producen dos registros diferentes: uno es el registro de tipo educativo; el otro es un registro de tipo afectivo.
 
El registro educativo tiene que ver con el proyecto social de la familia para inscribir a sus seres en la sociedad.  Así como seres sociales logran su integración en esa sociedad.
O sea que cuando la familia dice: “Tenés que ir a al escuela y a la escuela se va todos los días” y tenés que levantarte está diciendo entre paréntesis “estamos esperando que vayas porque nuestro proyecto es que puedas perpetrar el propio modelo” a veces o los deseos propios incumplidos, como también lo hicieron nuestros padres.  Y cuando la familia dice “decí gracias”, “no comes con la boca abierta”, “lávate los dientes” son todas acciones del tipo educativo que tienen que ver con el proyecto social de la familia.
 
El otro registro tiene que ver con lo afectivo, acciones que se realizan para satisfacer necesidades emocionales individuales: “dame un beso”, “quedate conmigo”, “yo te quiero”.  Todas esas cosas que tienen que ver con dar y recibir amor, de ser reconocido como ser sensitivo, de tener satisfacción a nivel de piel, a nivel de receptores.
 
Por supuesto, que el crecimiento del sujeto se produce por un equilibrio entre las dos perspectivas.  Parecería que los procesos de interiorización de la ley no se pueden hacer cuando la frontera entre los registros afectivos y educativos están borrados o difícilmente trazados. 
Si el “no” se transforma en “si” ante una insistencia, se establece las más formidable transgresión perversa. 
Tal vez por una tendencia material o normal parecería que la familia no diferencia entre dos registros que tienen que estar suficientemente separados para obtener los resultados específicos de cada área. 
Cuando aparece una reprimenda porque una sanción educativa tiene que ser respetada y el niño llora y llora y el padre abandona su rol, al estar solicitado por la parte afectiva (miedo a no ser querido). Ahí la interiorización de la ley se rompe.
 
Un ingrediente que quiebra la interiorización de la ley es por una parte la complicidad intergeneracional con el niño, y por otra parte, la descalificación de la autoridad entre los padres. 
Otro ingrediente es la destrucción del respeto que les es debido.  Cada día la sociedad deviene más compleja y la familia a pesar de sus buenas intenciones siente que está obligada a delegar ciertas funciones que a veces son educativas.
La familia tiene una cultura propia y tiene una historia propia pero fundamentalmente tiene una serie de normas que la familia debe respetar desarrollando roles claros y preciso en los registros educativos o en los registros afectivos, para que la interiorización de la ley le permita a la familia la inscripción en un proyecto social y al individuo asegurarse su bien y su propia existencia.